Una familia encontró un papel. El mismo estaba escrito en un idioma inintelegible. Difícil entender algo que no se conoce siquiera la pronunciación. Esta familia tenía todo, pero tuvo un sentimiento extraño por ese papel. Así que tomo valija, salió de su tierra y fue a buscar a alguien que le ayudase a entender la escritura. Viajaron un tramo muy duro, pero con el placer de realizar lo deseado, con la importancia de creer. Al final de mucho tiempo, para algunos; el necesario para otros; momentos para ellos; lograron descifrar que se trataba de una carta de propiedad.
Lo único que les ponía como condición era llegarse hasta el lugar y hacerlo fructificar. Familia llena de decisiones, si es que la hay, decidió probar suerte. Cuando estuvieron en el sitio, comprendieron que no sería fácil hacer una producción digna de ese lugar árido. Así que tomaron las herramientas y comenzaron a despedazar piedras, fabricar canales, construir cercados. Poco a poco cada integrante de esta dura familia fueron bajando los brazos. Esa tierra verdaderamente no respondía de acuerdo a las expectativas. No se podía comprender que uno se hubiese entregado, se hubiese brindado, se hubiese olvidado de las comodidades anteriores para conseguir nada.
Una de las hijas de aquella familia, Esperanza de Luz, fue la última en retirarse de aquel aguerrido trance. Estaba llorando sobre esas tierras ingratas, cuando vió lo milagroso. Del suelo estaba saliendo un brote. Una hojita verde en tanta tierra seca era sentir el aire de las nubes blancas en un mar de negras tormentas. Entonces esa niña tomó esa plantita (si se me permite el término) y la rodeó de aquél papel para poderla llevarla en el traslado.
Y ocurrió un segundo y último milagro. Las raíces se pintaron de plata, atravesaron la carta y se fusionaron en un sólo objeto. Desde entonces permanencen unidos, a pesar de la lejanía aquella familia, aquella tierra y esta planta que crece con el recuerdo de la separación.
VoSier El-hoím