-Yo soy la madre.
Qué seguro me hacía sentir cada vez que decía esta frase. Era tener mi ángel
personal en la Tierra. Siempre dispuesta. Siempre alerta. Cuidando cada paso
de mi camino, rastrillándolo. Levantando sobre sus hombros todas las piedras,
apartándolas.
Soy inmensamente feliz cuando estoy con mi mamá. Nunca me
permitió sufrir. Siempre prefirió hacerse cargo de mis dificultades. Cuando
tuve una inquietud, ella le encontró respuesta. Cuando hube de responder,
ella me obsequió las palabras.
Qué alma más servil puede pretender una persona.
Ella me levantaba con un beso. Ellam me servía mi desayuno y al
final del mismo me abrazaba. Ella me acompañaba y sujetaba mi mano con
delicada firmeza. Ella me deleitaba con un apetitoso almuerzo, bebidas
acordes, presentación singular. Ella corregía mis tareas, cuando no hacía mis
deberes para que disfrute yo del tiempo. Ella
Ella siempre estaba. Hasta en las últimas horas del día gozaba
de su cuidado. Estiraba mis cubrecama, lo apelmazaba (en invierno la
calentaba con mantas eléctricas y bolsas calientes) y me brindaba el beso de
las buenas noches.
Recuerdo una vez:
Yo había ido a la plaza a jugar a la pelota con los vecinos. A
misma edad y estatura, eran más rápidos que yo. Verdaderamente no estab
disfrutando. Me resultaba imposible tomar la pelota y avanzar. Mis ojos
comenzaron a nublarse, mis piernas y brazos eran molinetes que cogían al que
viniera. Mi bronca estalló.
Pero ahí estaba ella - mi mamá - Entró decidida. Agarró la
pelota y avanzó, y avanzó. Yo la seguía como siempre. No sé si llamarlo por
inercia o imantación, por estar en la primera fila de ese espectáculo o
por mi grito de ¡dale má!.
De pronto me sorprendí. Se frenó. Viró y me dió la pelota para
que yo marcara y anoté.
Por supuesto todo el equipo contrario se enojó, resopló. Vale
decir: se engranaron.
Ella no entendió la reacción de ellos. ¿ Es que no comprendían
que la acción de verme sonreír era más importante que cualquier otra ? Los
increpó; y al ver sus incomprensiones, tomó la pelota y la revoleó lejos,
bien lejos.
Y el juego se acabó al grito de:
- Yo soy la madre.
Pero ahor la miro. No sé qué decir, qué hacer, qué sentir.
Observo el escenario.
Mi mamá parada con al bandeja y la merienda encima. Isa (todos
le decimos así) a su costado, cuasi sorprendida, cuasi molesta. Todavía tiene
sus manos como si sostuviera la vajilla con mi merienda.
En el ambiente todavía resuena - Yo soy la madre -. Y a mí se me
fue el hambre, la sed, todo.
- Yo soy la madre - repite ella.
Isa es mi amiga. Mi única amiga. Hace tres semanas que me
dice.
- Yo quiero ser tuya Ariel. Y quiero que vos seas mío. Quiero brindarte todo
mi ser. Quiero hacerte feliz.
(¿por qué las mujeres siempre hablan de la felicidad?)
y agregaba cosas como:
- Me gustaría despertarte, servirte el desayuno, hacerte el almuerzo. Todo
acompañado con mis caricias.
Y yo le había prometido que hoy la iba a dejar demostrármelo.
Ella siempre decía.
- Dejame demostrarte que tán buena soy.
Ella - mi mamá - se acerca y dispone la merienda delante mío. Me
sonríe.
- Yo quería que me lo diera mi amiga Isa.
Nunca ví ese rostro en mi mamá. No sé como describirlo. Los ojos
grandes (casi escapándose de sus cuencas). L aboca abierta y fija, por donde
salían infinidad de palabras mudas. Viró. Giró. Se fue.
Miré a Isa. también desapareció.
La merienda está derramada en la mesa.
Yo tengo hambre y sed. Pero nadie está ahí para servirme.
¿Vos qué hubieras hecho?
VoSier El-hoim